lunes, agosto 30, 2004

La conquista de lo insondable

Texto de Ramón Faraldo

Picasso, cuando pintaba, decía caer en vacío, caos o tiniebla. Según Solveira, el vacío no es para caer, es para sembrarlo, poblarlo. Es una criatura fecundable. El caos, para un poeta o un plástico digno de serlo es un manantial de inducciones aurorales, angélicas, demoniacas, culpables, inocentes, vivas, frívolas o arteriales. Y en cuanto a tinieblas o sombras, en el caso del pintor de Vigo, sombra y tiniebla vienen a ser sus elfos o estros familiares. Eventualmente, serían los propios espejos de sus vigilias e insomnios, acariciadores o agresivos a gusto de su Orfeo Pedro, que con su antorcha en vez de guzla, sabe hacer de sombras, tinieblas, y en general de todo el orbe apasionante que llaman "desconocido", o ignoto, el coro, eco o Caja de Pandora de sus visiones, idilios, delirios, apetencias de más allá, quimeras y alucinaciones de su caminar, juvenil todavía en el hombre y más aún en el artífice de su caminar, decía, bajo los astros de la tierra.

La fórmula, instrumental o elemento de acción es atroz y sencilla, pero atroz. Fuego, que, en sus manos puede ser arrullo o clamor, incendio o paz, amenaza y aurora. Hierro; sometido a sus míticas pulsaciones, puede guardar sus propiedades belicosas y transformarse en cuna, nido, ave o clavel. Esmalte, que en estas elaboraciones, más próximas a la alquimia que a la química, pierde toda suspicacia industrial y adquiere tactos de liquen, terciopelo, aguamarina, mirada de mujer o de chiquillo, párpado de astro, esquirla de corazón...

Sobre esta triple alianza, llama o fósforo, metal o carne, esmalte o clámide, Pedro argumenta, como un hechicero de Maldoror o de Anabel Lee, crepúsculos, idilios, purgatorios, éxodos, vuelos de ave o leviathan, condenas, redenciones... No se puede hablar de obras distintas, o de temas propiamente dichos, o de sujetos diferenciados. El total de esta obra es el total más que la unidad. Se sirve de la geometría rectangular o curvilínea, en formas de módulo, ave, máquina atmosférica, arboladura de nave, perfiles o ritmos. Esta, en su efluvio de misterio, en su mutismo y magia metalúrgica, va mucho más allá que el signo lineal, el bloque o cimiento construible del primer término. Este conjunto de invenciones fosfóricas, hipnotizantes, no reconocen protagonistas ni héroes. Todas se protagonizan a todas. Si hay un héroe, es el hombre que ha levantado, golpe a golpe, esta torre de ensueños a que equivale la exposición.

¿A quién se parece? A sí mismo. ¿A quién recuerda? A su propia memoria. De todas formas, hay una dedicación o entrega de este forjador de delirios táctiles que lo emplaza lejos de nuestro siglo, que lo emplaza, quizás, en la Nueva Edad Media, soñada por Berdiálev lejos de nuestro tiempo de coordinación e informática.

Obvia referirse a ciertas atribuciones musicales que impregnan sutilmente la obra. Hay un pentagrama tácito en cada pieza. Es lo mismo del compositor musical: hay que hacer sonido del ruido, y del sonido, acorde, y del acorde melodía, y de la melodía Mozart. La estructura del gran cellista que figura entre la obra expuesta, es un símbolo. Responde a un por qué.

Lo menos extraño de esta insólita muestra es lo referente a la nacencia de su autor, hijo de este Noroeste cuyos mares conocieron, quizás, al Holandés Errante y en cuyos bosques alientan aún las hechicerías ancestrales referidas a humo, fuego pájaros y signos estelares. Por cierto, ¡Qué gran decorador de castros hubiera sido este francotirador del fuego y el hierro!

En fin, el expositor cita a Luis Cernuda, nuestro amigo.

Forma de lo que huye de la luz a la sombra.
Confusión de la muerte resuelta en melodía.


Esto define y concluye perfectamente cuanto hemos dicho. Ya no hay sombra. Hay luz. Ya no hay muerte. No hay más que melodía.