martes, agosto 31, 2004

En el taller

(Capítulo XII del libro "Pedro Solveira que nació entre los hierros", de Ramón Faraldo)

"Por el hierro injuriado, por los ojos del yeso
pasa una lengua de años diferentes de tiempo.
Es una lengua de ásperas crines
y el pelo rojo crece en las cornisas,
con lentitud, con sombra acumulada.
Un pie terrible ensucia los balcones,
mientras pan los días de alta frente
entre cosas sin luna..."


Los muros, nada más.
Yace la vida inerte
sin tiempo, sin ruido,
sin palabras crueles.

¿He cerrado la puerta?
El olvido me abre
sus tranquilas estancias,
grises, frías, sin aire.

La luz lívida, escapa.
Y el cristal se asegura
contra la noche incierta
de arrebatadas lluvias.

Silencio. Nada.
Un llanto entre las manos.
Silencio. Nada.
La oscuridad temblando.

Coutadas, 27

En una calle que remonta, ni céntrica ni aislada, pero que remonta -¿qué calle, en la ciudad del Olivo, no remonta o desciende y se acerca a los viejos barrios de La Piedra?-, tiene Solveira el estudio, antro o block-house, donde lleva a cabo sus experimentos, no siempre inócuos.

"Y en las médulas, Nigrán"

La plataforma superior, como en ciertas plazas taurinas, con paredes tapizadas desde el techo hasta el suelo, con su obra más reciente, domina el coso, y permite registrar peripecias, incidencias, triunfos, torturas, abrasamientos, oxidaciones, entre un apogeo de herramientas conocidas y desconocidas, llaves, buriles, martillos de todos los formatos y usos, ganchos, muchos de fabricación personal o paterna, de aplicación estrictamente única.

Tiene algo esa cripta de acero, de jaula de los leones, de tumba de Lázaro, o -como se ha comentado antes-, de cámara suplicante, donde se opera con voltios, cortocircuitos, calambres y alambradas a tensiones mortales, de una especie de Gólgota de alguien que se quema vivo, vivo de no vivir en sí.

Sí. "Los muros nada más". Pero entre los muros, un hombre con sed insaciable, que ha puesto su ser o no ser, como el príncipe de Elsinor, en dar a sus delirios, alucinaciones del Más Allá o del más acá, un cuerpo, un aliento, frente a un continente de mercaderes o histriones que

"al acecho de este loco país está esperando
que vencido se hunda solo ante su destino
y a quien aliente solamente su gran historia.

Porque si con dolor, el alma dolorida se ha templado,
es invencible".

Hasta aquí habló Cernuda. Yo añadiría:

"a despecho de fariseos y carroñeros".

Allí no existe día ni noche. Allí no existen lunas, madrugadas, otoños, sirenas varadas, Idus de Marzo. Allí existe fuego, hierro, martillo, manos abrasadas, gases tóxicos, y un ser humano enfrentándose con su animidad, con su gracia, con diez dedos que se multiplican por mil.

Y así, a punta de brasa y de retina, jugando como naipes, van naciendo esas líneas siderales, esos orbes fungentes, "las dilatadas ansias y los anhelos del río".

Como diría Jorge Guillén:

"Bajo las aguas
cielos íntimos se deslizan.
La corola de aire
profundo se ilumina.
Van más enamoradas las voces.
Todo el río suspira"

Sí. Porque esta especie de aniquilamiento

"los muros, nada más. Y a lo lejos, Nigrán"

no responde a exasperación nerviosa, contra lo hostil del material o la crueldad del vehículo incandescente, sino a una suerte de pasión mortal, que le esclaviza a tales martirios, para hacerle libre, feliz y sin amigos.

Anillo. Diamante. Aro. Oro. Arco.
Noche. Manto. Nube. Niño...

Sus alas silban:
Abrazo.
Trallazo.
Belleza.
Alegoría.
Danza.
Sinfonía.
Fantasía.
¡Sueña! ¡Vive! ¡Fúndete!
Fantasma ingrávido. Elegía.
Satán.
Cuervo.
Serpiente.
Brujo.
Víbora.
Cárcel. Cóndor.
Águila. Águila. Águila.

"Y en la noche negra del más alborozado sueño,
el ave blanca, nacida del hierro,
se transformó en Ave Gris de los sueños del metal.

Tus ojos amaron los rumbos y sus causas.
Procedencia y continuidad.

Observa. Te hablo del maestro..."

Uno lamenta diferir de su inspirada rapsoda. Solveira responde a otra madera, a una u otra substancia plástica que descarta el calificativo de "maestro", porque es otra cosa, más que eso.

D'Ors, "el de La Bien Plantada", asertaba en su magistral estudio sobre Cezanne, que, en la actualidad, no cabe ser más que aprendiz o farsante.

En esta etapa plástica que nos ha tocado el mediocre honor de vivir -no peor, seguramente, pero tampoco mejor que otra-, los maestros fingen, mienten o traicionan. Hoy apenas cabe ser maestro sin alta graduación de teatralidad, falacia o hipocresía.

Sin embargo, en la existencia del hombre de Teis puede encontrarse ejemplaridad, impavidez, encogimiento de hombros, pero no doctoralismos de ninguna clase. ¿Por qué? Porque su arte rechaza discípulos, no por altivez de raza, sino porque requiere de condiciones peculiares como herencia, obstinación casi suicida, amor casi demencial, a un oficio que es, a la vez, un juego suicida, una pasión de mártir, un cierto demonismo y una cierta santidad.

"Y a lo lejos, en la neblina,
aquellas seis letras que repiten:
Nigrán, Nigrán, Nigrán..."

Un día -"un día quizás"-, escribiendo como lo hace, en su propio estudio, contemplando su delicada, escalofriante labor, con máscara, guantes, y una herramienta que parece el tentáculo vivo de un pulpo, uno no sabe si su hambre de fuego y de hierro no le empujarán ante su horno, que tiene de pira de sacrificio, cámara incinerante, alusión candente a lo Juana de Arco y a tanto victimado inquisitorial, a la prueba suprema: elevar al máximo la temperatura de su horno, penetrar en él y tenderse, a ver si tal experiencia le revelaba, al fin, el misterio del fuego, que ha abrasado y glorificado su existencia.

No sé. Pero no excluyo que el horno, ante semejante osadía, se extinguiera, atónito, o hiciera explosión rindiendo homenaje a tanta audacia.

Sí... "Los muros nada más". Pero a lo lejos, golpeándote las sienes, latiendo con tu latido, el nombre que tú sabes: Nigrán, ¡Nigrán!, ¡¡Nigrán!!